Nací en un basurero.
Mi niñez fue una fantasía de colores,
me enamore para sentir el sufrimiento,
el horror gane al cometer la inocencia del pecado,
trabaje rompiendo mis manos en las piedras,
y madure;
ahora soy un profeta maldito,
predico y enseño el evangelio de la muerte
del autodesprecio y el olvido.
Mis mandamientos se escriben en negro,
Pilatos no se lava las manos conmigo;
la corona en mi frente está hecha de burlas y odio,
no hay pan ni pescado habitando el cielo,
ni esperan mi llamado,
pero hongos y serpientes,
bendigo a los eximios pecadores y dulces rebeldes,
castigo al santo y al inocente,
Judas no me beso yo lo besé a él...
He rechazado el paraíso por vulgar y monótono,
demasiado perfecto...
El purgatorio me llama, el infierno me excita.
Los ojos del niño son mi verbo.
Mis apóstoles serán.
La sonrisa de los niños causa pánico
y la insidia traiciona todas sus lágrimas.
Guardianes de la entrada infernal
y pequeñas rosas con aroma a sadismo,
seducen sin sudor al frágil adulto,
la música infantil lo amarra, lo sorprende, lo engaña.
Los ojos del niño son mi verbo.
Mis apóstoles serán.
***
El cielo no cree en la justicia
y la paz no vive en el corazón del animal.
En el origen del amor he plantado la semilla del odio.
***
Mi cuerpo adora el hambre,
hambre inagotable, imparable,
hambre de la ausencia y del pasado,
hambre que se oculta y que rasguña,
que hiere y que lisonjea,
que ama y que abandona,
hambre que genera más hambre...
Mi hambre sólo se alimenta de los desiertos
y de tristes finales.
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