Desde mi ventana, incluso en esta hora en que sólo la muerte me atrae, y sobre ella - que ni siquiera es "ella" - presuroso me inclino, veo regresar a los grupos felices de campesinos, cantando casi religiosamente, al aire plácido de la tarde. Reconozco que su vida es alegre. Lo reconozco junto a la sepultura que voy a cavar, y lo reconozco con el último orgullo de no dejar de reconocer. ¿Qué tiene que ver mi propia tristeza, que me abate, con el verdor universal de los arboles, con la alegría natural de estos muchachos y muchachas? ¿Qué tiene que ver el final del invierno en que me hundo con la primavera que hay en el mundo, en virtud de leyes naturales cuya acción sobre el curso de los astros hace florecer a las rosas ahora, y cuya acción sobre mí hace que ponga fin a mi vida?
Cómo me rebajaría ante mi mismo y, con justicia, ante todo y todos, si ahora dijera que la primavera es triste, que las flores sufren, que los ríos gimen de pena, que en la propia canción de los campesinos hay ansia y angustia, ¿Por qué? porque yo, insignificante ser, soy miserable.
Circunscribo a mí la tragedia que es mía. La sufro, pero la sufro de frente, sin metafísica ni sociología. Me confieso vencido por la vida, pero no me confieso abatido por ella."
Tuve que ser fuerte y no llorar mientras leía estas palabras de Pessoa; era un lugar público, una biblioteca. Me sorprendió cuanto me tocaron...
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