lunes, 25 de junio de 2012

Les Rêveries du promeneur solitaire

"Heme aquí, pues, solo en la tierra, sin más hermano, prójimo, amigo o sociedad que yo mismo."



Las madrugadas, sin ausencia, entregan esa sensación de soledad, ya sea desolada, triste, cuando parece que todos duermen y tú estás condenado a no poder olvidarte de las penas como hacen aquellos soñadores. O eres "maldito", a fantasear, a imaginar, quizás sin el permiso de tu voluntad, distintas épocas, lugares, tiempos... Como cuando sentí una desazón profunda al notar lo ilusorio de las distancias temporales, ya que cuan agudo era mi malestar, una noche, al poder percibir en mi presencia como fue torturado Boecio. El estaba ahí, conmigo, noble y culto, genio, que cayo de la cumbre social y política al abismo de la difamación y crueldad del destino. Ningún silogismo o poder de la palabra, ninguna lectura de Platón o verso de Homero, pudo intimidar al acero que penetraba y desgarraba su carne frágil e indefensa. Sí, la animalidad brutal vence a veces al ángel mejor de nuestra naturaleza. O lo derrota siempre.

Y hay otras madrugadas, unas más placenteras, nutridas de bienestar artístico e intimo, contigo mismo, y con el otro en su expresión estética. como una pintura o un fragmento de algún relato genial. Te toca y se interpreta con mayor delicadeza y entendimiento que a cualquier otra hora del día. Cual si fuera un conjuro arcano, o una brujería vulgar que encanta lo que se hace o lee a los ojos de la luna en su máximo esplendor. Sí, la madrugada hace de mí una versión moderna de Midas porque cuando se es una persona sensible, no sólo en sentimientos, sino en imaginación igual, y la madrugada se acoge sin temor, el campo de la vida florece y se tiñe de oro, algo no visible al día rutinario, ni a la inteligencia torpe por la falta de práctica del humano común, que añora tener las experiencias de los poetas... Como si el poeta meramente hubiese tenido la dicha de haber viajado por lugares recónditos y poco populares, siendo que es su temperamento y cualidades emocionales lo que le permiten distinguir la belleza de lo cotidiano, de lo repudiado y de lo aburrido como pregona Schopenhauer y como lo demuestra posteriormente en sus trabajos Cortázar.

También están aquellas madrugadas donde creo buscarte a ti, mujer sin nombre ni semblante claro, o pretendo que no se quién eres, te hago un misterio para no avergonzarme de mis deseos inmaduros, tiernos, amorosos. Te visto en la oscuridad y te sonrió tímidamente en mi memoria, sin embargo, ya no me miras igual. Y a mi sorpresa, esa verdad irrefutable hace eco en la madrugada como un pétalo de rosa abandonado en el desierto. Tristeza. Pero efímera. Retorno a mi primer amor, mi fidelidad interminable, los libros. Néctar demasiado dulce que distrae y que te recrimina llorar por unos ojos que ya no miran igual.


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