Una parábola dividida en dos partes
Una tarde, en un día como cualquier otro en donde el sol de a poco alumbraba las montañas y los suelos campesinos, un hombre de apariencia llana, con atuendos descoloridos y monótonos, de rostro fatigado como con el peso de madrugadas en sus ojos, subía unas escaleras de madera ajadas que se quejaban con cada pie que las pisaba. Su destino era la cima de un pequeño monte, en cuyo centro se encontraba una mujer, cual apodo era "la sabia", una obvia alusión a Aristóteles pensaba el extranjero mientras subía, porque se decía y rumoreaba, tanto entre sus discípulos como en la gente del pueblo, de que su sabiduría era solamente superada por la de Dios.
El hombre que subía era extranjero, llegó a estas tierras ignotas de mucho renombre
porque tenía una inquietud que consideraba que nadie podía responderle, y
se hubiese esclavizado a esa opinión si no fuera porque quería, como
todo humano, relucir vanidad de una tragedia probando que ni siquiera la
más cercana a Dios en intelecto era capaz de satisfacer su duda.
Al llegar finalmente a la cima, el extranjero miró con algo de ansiedad hacia el lugar donde residía la mujer, que parecía muy joven, demasiado, para sus años y para su sabiduría. "Una niña" exclamó para sí mismo aunque la mirada de la mujer hizo atisbos de haber escuchado su suspiro de sorpresa. El extranjero se acercó con delicadeza y se sentó al frente, acomodó sus piernas y comenzó:
"Tú, que dicen que eres la más sabia de todos y todas, tú, que dicen en pueblos tan lejanos como las estrellas, de que eres quien ha podido comunicarse con dios mediante el pensamiento, tú, que se comenta en ciudades y campos, que sabes todos los secretos y misterios de esta orbe, quiero que escuches mi canto de dolor y duda, mi pesar y enfermedad."
Como la mujer no le replicaba ni parecía reaccionar a su hablar, el hombre prosiguio:
"Yo, como tú, soy alguien que se puede considerar sabio; leí y pensé con mayor afán, paciencia y ardor que respiré y comi. Y si hubiese seguido mi camino del saber, pude haber sido el más grande erudito del siglo, sin embargo, ojalá nunca hubiese puesto mis ojos en libros y mi pensamiento en lo abstracto y el mundo, hoy me detesto por ello, ya que ni la dicha ni la paz me abrazan desde que consegui el conocimiento.
Antes en mi juventud la muerte era un final, un punto ajeno y lejano, demarcado de la vida y cercano a la vejez, hoy que soy sabio, sé que la muerte me rodea y cerca cada paso, me visita tanto en la noche como en el día, en el sueño como en la vigilia, y siempre espera una oportunidad para llevarme a su abismo, ahora sé que la muerte es anterior y posterior a la vida y que el amor y apego es vano porque todo lo quita, y que cada minuto de vida que pasa es un minuto hacia la muerte, hacia la nada.
Ya no, como los demás, siento mi cuerpo como un aliado y como un placer, ya no poseo la naturalidad de la cual otros no están conscientes, ya que muchos se olvidan de sus cuerpos, de su gravedad, de su fragilidad, asquerosidad y miseria, hoy que soy sabio, sé que el cuerpo no es grato ni digno, oigo la sangre correr como un aullido, mis huesos me generan terror con su grito de rebelión hacia el polvo, las secreciones, nervios y carnes me marean con su movimiento involuntario, lo grotesco de sus órganos y funcionamiento no me abandona ningun momento del día, siempre consciente de su mecanismo, que falta agregar bien deficiente es, me suena como refrán inacabable; el cuerpo es mi enemigo y mi prisión.
Hoy que soy sabio, el firmamento y sus billones de estrellas ya no me suena como dulce melodía nocturna, sino como un silbido burlesco del Hades, su extensión en tiempo y espacio casi infinitas me desgarra y mancha todas las noches, me arrastra con los brazos del insomnio todas las madrugadas, no soporto ahora que mi figura sea inexistente y nimia en relación este monstruo negro, de que mi origen sea azaroso, mi vida sin sentido orientado, que el valor sea capricho humano pasajero y burdo, y todo designio por ambicioso que se crea, desde conquista global a conocimiento universal, sea la nada misma en parangón con el frío sempiterno e indiferente del cosmos.
Y la naturaleza, imagen de ternura y maternidad, ha perdido su cariño e indulgencia hoy que soy sabio, ya no puedo reir bajo la lluvia porque se que llueve más sangre que dicha, sé que todo ser vivo nace, sufre y muere de manera prolija y sin ser lamentado por la naturaleza, cuyo único deseo es traer más y más cadáveres a la existencia, por ninguna razón otra que su exaltación por el rojo carmesí de la carne; qué más cruel que aquella quien genera no solidaridad sino guerra entre sus hijos, cazador y presa, nervios y dolor, qué más brutal que aquella que no permite que uno viva sin que muera otro, que no permite comer sin que otro no pague con su vitalidad, que ame con tanto fervor la enfermedad como la discapacidad en sus hijos, que ordene que para vivir se requiere la carne y sangre de otro, y que sin importar cuan cuidadoso y ajeno a la violencia seas, alimentatandote de plantas que no gritan, aún asi debas comer otro ser vivo para poder sobrevivir.
Mi semejante y la sociedad me genera disgusto y tedio hoy que soy sabio, sus metas me son burdas porque son ilusorias y sus placeres me son mediocres porque son inconscientes, su comunicación me es incierta, ya que no sé si cuando me hablan su corazón concuerda con sus palabras o sus palabras con su corazón; siempre admiradores tanto de la falsedad como de la verdad, ya no puedo tener seguridad de su compañia; tampoco sé si me detestan o me aman cuando ya no estoy en su presencia, ya que el humano ha desechado su rostro y puesto una máscara en su lugar. Ahora que soy sabio yo ya no pienso, ni siento, ni vivo como ellos.
La vida, hoy que soy sabio, no me sorprende ni fascina como cuando vano niño era, nada nuevo todo es lo mismo, sólo cambia la apariencia, desde el inicio al presunto fin que viene, todo es lo mismo y todo me es lejano y mundano, y los vivos tenemos solamente dos certezas que envejecemos y que morimos, por ello concluyo que es mayor crimen ser padre que ser asesino, ya que éste no celebra ni rie tanto como áquel por su fechoría, y el uno condena a la nada, que es sosiego, mientras que el otro a la vida, que es violencia; sí, la vida me aburre y me es similar castigo la mortalidad como la inmortalidad.
Empero lo que más rompe mi espíritu no es ninguna de las lamentaciones compartidas, sino saber que la felicidad reside en aquellos que labran con sus manos y que disfrutan del vino y la risa de fiestas; es saber que una campesina vive y yo sólo pervivo y sobrevivo; es saber que familias forman planes y futuras alegrías y que no les cabe en su cabeza que alguien piense sobre por qué se hacen planes y se padezca de alegría."
Una vez dichas estas palabras, el extranjero calló.
Un silencio envolvio a ambos y los ojos se cruzaron por largos minutos. La mujer no mostraba sorpresa ni tristeza, aunque sí había escuchado con atención, y el extranjero aunque cansado, parecio recobrar su energía por la elocuencia de su exposición y la presunción de sabiduría demostrada. Luego:
"¿Dime, sabia, no es mejor no conocer ni saber y ser alegre, que saber y conocer y ser desdichado?"
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